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Tenía una talla de 2,60 m., por lo que a su lado parecía un pigmeo cualquier individuo de estatura ordinaria. Abierto de brazos, se extendían estos 2,23 m. (y parecían botalones de barco pesquero). Sus manos huesudas, mas anchas que paletas de ping-pong, podían fácilmente abarcar dos octavas del teclado de un piano; la pipa que fumaba podía compararse al fumigador de un jardinero. Se necesitaban más de siete metros para hacerle un traje; y sus dedos (cualquier de ellos de más de 3 cm. De diámetro) resultaban demasiado gordos para marcar los números del teléfono por lo que se valía, el efecto, de un lápiz. |
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Era en verdad un gigante en un mundo de liliputienses; y como fenómeno tal, se exhibió durante 14 años en el circo de Ringling Brothers, Barnum & Bailey, cosa que le hacia aborrecerse a si mismo y a los papanatas que acudían a contemplarle. Empero era también un gigante de gran valor y voluntad férrea, que ansiaba dejar de ser el objeto de la curiosidad pública y pasar a ser uno de tantos. Realizó al cabo su aspiración. Fue un esfuerzo prodigioso, en virtud del cual venció las dificultades que le cercaban y logró purgarse del odio que lo corroía.
Conocí a Jack en el Club de la Prensa de San Francisco de California, donde su figura causó verdadera sensación entre los reporteros, aun en los que presumían de no asombrarse por nada.
Salió del ascensor agachando la enorme cabeza (ademán que se le había convertido en hábito) y paseó por el salón con su desgarbado andar de jirafa. De facciones angulosas e irregulares, lo miraba a uno tímidamente desde su altura, a través de unas gruesas gafas de carey apoyadas en una ganchuda nariz. Su apretón de manos era suave, como si se diera cuenta de que en cualquier descuido de efusión podría triturarle a uno de los dedos.
Acababa de regresar de Australia, donde, después de torturantes días de indecisión, había renunciado a su empleo en el circo.
Así, se lanzó con todo ímpetu al oficio de vendedor de vinos, en el que tuvo un estreno sensacional.
En su primer día de trabajo, callejeando a la busca de un pedido por un suburbio de San Francisco, entró en una pequeña tienda italiana de comestibles. La mujercita que despachaba detrás del mostrador se espantó a tal punto ante la aparición del gigante que empezó a gritar pidiendo auxilio. El marido, con los negros bigotes hirsutos, vino presuroso de la trastienda y se enfrentó al coloso, que permanecía allá inmóvil, mudo, tarjeta anunciadora en mano…
“¡Bueno, bueno! Mándeme una caja de cualquier cosa y lárguese”, dijo.
Jack apuntó el pedido de una caja de coñac, y salió confuso de la tienda. Después, supo que equivocadamente había entrado en un establecimiento que no figuraba en su lista. Pasado el tiempo, comentaba: “¡Resulté ser un vendedor estupendo! La gente, de puro miedo, me compraba cajas y cajas”.
Una que otra vez Jack aparecía por mi domicilio rural, lo cual era un acontecimiento para el vecindario. Llegaba en un automóvil viejo, reconstruido ex –profeso para su desmesurada armazón, al que se le había quitado el asiento delantero; y Jack guiaba desde el asiento de atrás, empuñando un volante que se había tenido que estirar cerca de medio metro. “Esto no es muy cómodo”, decía burlonamente, pero al menos, me ahorra algo en el seguro contra el robo, porque ninguna otra persona puede guiar este cacharro”.
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