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efugiados en el fondeadero, alcanzábamos a oír el estruendo de las olas al romper al otro lado del puente Denton. La oportunidad de visitar África había vuelto a reunir a la familia por un par de meses. Mi hijo mayor, Rafael de 20 años, había pedido permiso para ausentarse de la universidad a fin de estar con sus seres queridos: su hermano Diego, de 13 años, mi esposa, Dora, y nuestro querido perro, Santos.
l Brisa había sido nuestro único hogar desde que lo construí, a principios de los años 80, en San Juan, una de las Islas Vírgenes de Estados Unidos. La vida en el mar nos había unido mucho. Cada uno tenía sus obligaciones: los muchachos sabían montar guardia desde los seis años, y durante los últimos ocho años nos había acompañado Santos, nuestro cariñoso y juguetón perro. Esa noche, a la hora de irnos a dormir, Santos estaba echado en el techo de la cabina, de donde sólo se alejaba cuando había mal tiempo. Dormíamos más tranquilos estando él a bordo. Santos se había impuesto la tarea de avisar con ladridos cuando alguien se acercaba a menos de 100 metros del barco. Había navegado con nosotros por el mar Caribe, el Atlántico y el Mediterráneo, dándonos seguridad y compañía, además de buena suerte. En ocho años no habíamos sufrido ningún percance, pero esa noche del 2 de enero de 1991 las cosas iban a ser distintas.
odos estábamos durmiendo cuando, pasada la medianoche, las amarras empezaron a chirriar. Al principio pensé que era a causa de la estela que había dejado un barco al pasar, pero, de ser así, Santos habría ladrado. El ruido se intensificó. Cuando subí a cubierta, los cabos tiraban con fuerza de las abrazaderas que nos unían a otra embarcación. En una noche tan tranquila, la única causa posible era una corriente. El Brisa estaba atado con la popa hacia el río, y al ver pasar el agua con impetuosidad bajo el casco, me alarmé. La velocidad del reflujo era del triple de lo normal. Las abrazaderas del otro barco estaban a punto de desprenderse. Si cedían, la corriente arrastraría ambas naves haciéndolas girar y terminarían destruidas inevitablemente. Había que largar amarra.
stábamos en una situación difícil. Varias decenas de metros corrientes abajo había dos cables de alta tensión tendidos sobre el río, y unos 30 metros más adelante estaba el puente Denton. Si no lográbamos virar a tiempo, el palo mayor del Brisa, que era de metal, podía tocar los cables. Y si llegábamos al puente, los mástiles se atascarían debajo de él y las aguas succionarían nuestro barco hasta hundirlo. Llamé a todos a cubierta. Al percibir que algo andaba mal, Santos se irguió de un salto, listo para entrar en acción. Soltamos amarras y por unos minutos nos mantuvimos sujetos al ancla de popa, pero nos vimos obligados a soltarla también porque la corriente hacía que el barco se bamboleara con violencia. Aceleré a fondo y, cuando casi había conseguido virar, me di cuenta de que, arrastrados por las aguas hacia el puente, íbamos a dar contra los cables eléctricos. Dora tomó en brazos al perro y todos contuvimos la respiración.
n eso, se oyó un estruendo como de relámpago. Mi hijo Rafael salió despedido con fuerza y cayó al agua de espaldas. Luego todo acabó. Diego tomó un extintor y sofocó las llamas mientras yo conducía el barco hacia un buque pesquero que estaba atado a un pilar de hormigón en la cenagosa ribera. Rafael, que era un buen nadador, no tardó en ganar la orilla. Por una bendición del cielo todos estábamos sanos y salvos…excepto el perro. Rafael recorrió ambas riberas en busca del animalito, pero no había rastros de él. Pasamos el resto de la noche atados al buque pesquero. Yo no pude conciliar el sueño por seguir pensando en Santos. Al otro día mi esposa recorrió la playa preguntando en los hoteles e indagando con camareros, turistas y vendedores. Nadie había visto al perro.
freció una recompensa por la radio del barco, notificó a la policía y pegó avisos. Era conmovedor, pero me parecía inútil. Al otro lado del puente había grandes bancos de arena que las olas habían azotado sin piedad esa noche. Imaginar que Santos había sido arrastrado hasta allí me llenó de angustia. A los pocos días terminamos de reparar el barco, pero nuestro perro seguía extraviado. -Cariño –le dije a Dora-, tenemos que seguir con nuestra vida: remontar el río, cruzar el Atlántico y volver al trabajo. -¿Y si está vivo? –repuso ella. -No creo que haya sobrevivido a esas olas y luego nadando hasta el amanecer –dije sin más. Dora me miró fijamente, esperando oírme decir otra cosa, pero los ojos se le arrasaron y con voz entrecortada dijo:
-No quería abandonarlo. A la mañana siguiente, apesadumbrados, levamos anclas y emprendimos el viaje por el río.
Empezamos a resentir la pérdida 80 kilómetros río arriba, donde fondeamos. De pronto, una cara extraña se asomó al barco y nos preguntó si queríamos comprar pescado. Era un hombre que se había acercado remando silenciosamente.
sto no habría ocurrido si Santos hubiese estado en el barco. Comenzamos a echar de menos los ladridos que tantas veces tratamos de acallar. No pasaba ni un día sin que lo recordáramos. Tal vez era pequeño, pero no le tenía miedo a nada. Mostraba el típico complejo de Napoleón: tenía que darse a respetar y lo hacía ahuyentando a animales más grandes que él. Era un fanfarrón. Sin embargo, con un gruñido fiero y lanzándose a la carga, había hecho huir perros bravos, rebaños de cabras, manadas de asnos salvajes y hasta a un revisor de medidores eléctricos. Nunca vamos a tener otro perro como él, pensé con tristeza mientras navegábamos río arriba.
na noche, poco después, desperté en la madrugada y vi que Dora no estaba a mi lado. La encontré sentada en cubierta contemplando la luna. A juzgar por el brillo de sus ojos, había estado pensando en Santos. Me senté junto a ella y la abracé.
-¿Sabes qué es lo que más echo de menos? –Me preguntó de repente-. Verlo asomarse por el ojo de buey con esa melena despeinada. Le gustaba verme cocinar. Ahora, cada vez que veo pasar una sombra, me acuerdo de sus ojos negros. Vimos cómo la luna se ocultaba detrás de la copa de los árboles y luego, tristes aún, volvimos a acostarnos. En las dos semanas siguientes recorrimos 240 kilómetros río arriba. Cierta tarde vi acercarse un catamarán piloteado por un hombre que nos estaba observando a través de unos binoculares.
-¿Son ustedes los que perdieron un perro? –preguntó.
-Sí –repuse con recelo.
-No sé si sea el suyo –agregó-, pero la policía del puente Denton tiene un perrito negro que encontraron en la playa.
odos subieron a cubierta gritando: “¡Sí, es él!” No obstante, les advertí que podría tratarse de otro perro perdido que alguien había llevado a fin de cobrar la recompensa. -No se hagan ilusiones –les dije. A la mañana siguiente, Dora y yo nos trasladamos a Banjul. Con incertidumbre pero también con esperanza, tomamos un taxi al puente Denton.
-¡Vinieron por el perro! –exclamó al vernos el policía que estaba de guardia. Luego se volvió y le dijo a un muchacho-: Ve a traerlo.
i esposa y yo esperamos llenos de ansiedad. Entonces, caminando por un sendero con un sucio trozo de cuerda arado al cuello, apareció Santos. Cojeaba y llevaba la cabeza gacha, pero cuando Dora lo llamó, alzó la testa, irguió las orejas y empezó a temblar con evidente emoción. Corrió hacia ella, saltó a sus brazos y le lengüeteó el rostro efusivamente. Dora lo abrazó, a punto de prorrumpir en llanto. El agente nos dijo que, al otro día de que sufrimos el percance con los cables, un turista sueco lo encontró en la playa.
¡A casi 10 kilómetros del estuario Oyster! El hombre entregó el perro a la policía.
otamos que Santos tenía el morro más blanco y que a veces, cuando le dábamos golpecitos en el costado derecho, soltaba un gemido de dolor. Nos preguntamos qué le habría ocurrido cuando la corriente lo arrastró al mar. Su fortaleza y buena suerte no cesaban de asombrarnos y, sobre todo, nos alegramos de tenerlo nuevamente con nosotros. Al otro día regresamos al Brisa Legamos justo después del ocaso y llamamos a los muchachos.
-¿Lo tienen? –preguntaron.
ora hizo ladrar al perro. Su inconfundible voz resonó de un lado a otro del río y de entre la espesura surgió un clamor de aves. Más tarde brindamos por Santos con limonada. Con tanta alegría en nuestros corazones, no hacía falta champaña. Santos había vuelto: la familia estaba completa.
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