puño y letra, agregó : - Quiero que leas esto para que conozcas tus raíces. No todo se hereda por la sangre. Se quedó sentado frente a mí, esperando a que leyera.
Enseguida noté que era un relato de siete páginas que había escrito al volver de la Segunda Guerra Mundial.
En el transcurso de los años yo me había enterado de algunas de sus experiencias en el frente, pero él no hablaba mucho al respecto, en particular conmigo. Yo sólo sabía que mi padre –Arthur Anthony Bressi- se había alistado en el ejército en 1940, y que en 1942 los japoneses lo habían capturado en la isla de Corregidor, en Filipinas. Durante los 40 meses que estuvo prisionero en campos de concentración japoneses, sufrió lo indecible, y las enfermedades que allí contrajo seguían agobiándolo. Aún tenía pesadillas, pero ya estaba en paz con el mundo y consigo mismo, y había llegado a ser un destacado defensor de los derechos de los veteranos de guerra.
Por los rumores que corrían entre sus compañeros de prisión, papá estaba enterado del pésimo trato que se daba a los cautivos de Bataán (en un campo morían hasta 400 hombres al día), y abandonó la esperanza de volver a ver a su amigo, pero más adelante supo que aún vivía: estaba en un campo próximo, en la sección de enfermos. Pedir permiso para visitar otro campo le habría valido un bayonetazo en el vientre, así que se ofreció para hacer trabajo voluntario con la esperanza de que algún día enviaran a su cuadrilla al campo donde estaba Skinner. Tuvo la suerte de que así fuera.Una vez en el campo pidió a los guardias japoneses que le permitieran visitar la sección de enfermos. Ellos accedieron y le dieron una bandera blanca con asta de bambú y un pase. -Vaya, despacio –le advirtieron-, lleve la bandera y el pase en alto para que no le disparen ni lo golpeen.
La sección de enfermos estaba dividida en dos partes: una para los que tenían posibilidad de curación, y el Pabellón Cero, para los desahuciados. Allí estaba Skinner. Mi padre llamó a sus amigos desde la alambrada que cercaba las barracas. Los prisioneros fueron pasando en nombre de boca en boca y, al poco rato, de una barraca salió, andando con dificultad, un despojo humano. Al principio papá no lo reconoció.-¡Artie! –exclamó Skinner, agarrándose a la alambrada para no caer.
De 97 kilos que pesaba la última vez que se habían visto, estaba convertido en un espectro de 36.
Padecía paludismo, amibiasis, pelagra, escorbuto y beriberi, sus carceleros le habían dado arroz quemado y carbón durante algún tiempo con la vana esperanza de remediar la disentería, pero la boca y la garganta le dolían hasta el grado de que ya no podía comer ni beber. Tampoco tenía fuerzas para bañarse, y ningún guardia quería ayudarlo; tenía el cuerpo cubierto de costras.
Era la media tarde de un día soleado y caluroso. A mi padre sólo le habían permitido permanecer allí cinco minutos, y el tiempo se estaba acabando. Papá tocó el nudo del pañuelo que llevaba al cuello. En él había escondido su tesoro más preciado: un humilde anillo de graduación de segunda enseñanza. Cuando estaba en el último grado, había trabajado, durante meses para ahorrar los 8,75 dólares que costaba, y el día de la graduación fue corriendo al lado de Skinner a enseñárselo, tan orgulloso estaba del anillo, que juró nunca separarse de él. Cuando lo capturaron, se lo escondió en el pañuelo a riesgo de recibir un severo castigo. Era su lazo con tiempos mejores, con un mundo mejor, y lo ayudaba a conservar el deseo de vivir.El corazón empezó a latirle con fuerza mientras miraba a su alrededor. No había guardias a la vista. Rápidamente deshizo el nudo y entregó el anillo a su amigo a través de la alambrada.-Ten –le dijo-. Desde hoy es tuyo. Tal vez puedas cambiarlo por algo útil.-Pero, Artie –repuso Skinner intentando devolvérselo-. Debes quedarte con él. Algún día puedes necesitarlo.
Mi padre no aceptó que su amigo le devolviera el anillo, a esas alturas él también padecía disentería, paludismo y beriberi, había perdido unos nueve kilos y no sabía lo grave que se iba a poner. Seis meses más tarde, agobiado por el duro trabajo que hacía en una pista aérea cerca de Manila, se desmoronó físicamente y fue enviados a la sección e enfermos, de la cual ya no salió hasta que terminó la guerra. |