l sueño lo había vencido durante el oficio religioso y, sobre el ancho hombro de papá, se sentía seguro. Creo que entonces Dios ya tenía un plan trazado para nosotros: íbamos a echar mucho de menos a mamá, pero llegaríamos a conocer a mi padre.
[É]l trabajaba como maestro de talleres en una escuela de enseñanza media superior, y aunque era cariñoso, hacía valer su autoridad en la casa. Si quería yo salir un sábado, tenía que pedirle permiso. “Ya veremos”, decía, y no me daba el sí definitivo hasta que veía que todos mis deberes estaban cumplidos a su entera satisfacción. En cuanto a los asuntos personales, siempre había dejado que mamá se ocupara de ello.
he aquí que de pronto se vió con tres hijas adolescentes que encaminar. Tuvo entonces que intervenir en cuestiones como la compra se sostenes y nuestra primera salida con muchachos. El hombre que casi nunca mostraba sus emociones, se convirtió en un amigo al que podíamos confiarle nuestras más profundas desilusiones.
uando yo ya estaba en la universidad, mi novio, Pablo, rompió conmigo. Me sentí desolada. Ese fin de semana papá advirtió de inmediato que algo andaba mal. -¿Te gustaría que habláramos de lo que te preocupa?- me preguntó. Me volví a él y le abrí mi corazón. No tenía muchas respuestas que darme, pero estaba dispuesto a escuchar. Creo que sólo en mi madre había encontrado tanta compresión. Su apoyo me ayudó a resolver las cosas: Pablo y yo decidimos casarnos y, cuando llegó el momento, papá insistió en ofrecer la recepción. La víspera de boda se metió en nuestra católica cocina a pelar papas, preparar sándwiches y luego empacar todo en botes de helado para trasportarlo a la iglesia.
[Y]o me sentía tan dichosa de casarme, que jamás pensé que iba a ponerme nerviosa en la iglesia. En cuanto papá me dejó frente al altar, empezó a temblarme la barbilla. Al volverme a mirarlo, vi que él también estaba llorando. Hoy en día Paul y yo tenemos tres hijos, y el abuelo forma parte importante de nuestra vida. Cada año, el Día de Acción de Gracias y en Navidad, vamos todos a visitarlo, y él cocina. Hace poco mis hermanos y yo decidimos ir de campamento en familia, como solíamos hacer cuando mamá vivía.
campamos 12 personas – mi padre con todos sus hijos y nietos – durante una semana. No paró de llover, pero a papá le encantó. Creo que si mi madre nos vió desde el cielo, tan juntos y fuertes, también ella debió de sentirse feliz.Gracias a papá, la familia entera sigue muy unida, y gracias a él, conservo la fe.
uando mi madre murió, el dolor me hizo empezar a dudar de Dios, pero mi padre nunca nos permitió culpar de esa pérdida a nadie y, quizá sin proponérselo, logró que yo siguiera asistiendo a la iglesia. Ahora soy directora de actividades juveniles en mi parroquia.
apá me ayudó a entender que cada quien se encuentra en este mundo por alguna razón, y que cada cual influye en los demás de maneras que no siempre alcanzamos a percibir. Todos extañamos a mamá con el alma entera, pero con papá a nuestro lado, nunca hemos dejado de sentir el cariño de madre.
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