ara vez lloraba, pero siempre que lo hacía mi hermana y yo corríamos a plantarnos junto a su cuna. Nuestro hermanito no gorjeaba, no gateaba y nada tocaba ni exploraba como otros bebés. Se estaba tendido, inmóvil, mirándonos y chupándose el dedo pulgar, muy campante. Para Shirley y para mí era un adorado muñeco de trapo y solíamos acomodarlo en una silla durante nuestros juegos. Ni Shirley ni yo dábamos cuenta de que nuestro hermanito fuera distinto; solamente lo amábamos.
enía Dickie cuatro años cuando comenzó a gatear, pero sus espigadas piernas carecían de fuerzas. Para entonces, Shirly contaba ya ocho años y se había convertido en una mandona hermana mayor. “Ve a traer la escoba”, me ordenó un día, “y enseñaremos a andar a Dickie”.
omo no sabía yo si Shirly pensaba darle de golpes en la cabeza o barrer al hermanito por debajo de la puerta, me negué a obedecer, pero cuando comprendí lo que se proponía, estuve ansiosa por ayudarla. Pasábamos horas con nuestro especial hermano en tanto él se aferraba al mango de la escoba, y lo incitábamos y jalábamos hasta que, un día, consiguió ponerse en pie por su propio esfuerzo y tambaleante, cruzó la habitación. ¡Ya podía caminar! Los ojos le chispeaban y farfullaba, orgulloso.
e allí en adelante ya nunca estábamos seguras de dónde andaba Dickie. Dueño de una libertad recién descubierta, sólo deseaba vagar de una puerta a otra y explorarlo todo. Bien podíamos encontrarlo caminando animosamente en dirección al pueblo, o bien siguiendo al perro del vecino en algún misterioso viaje.
medida que corrían los años, crecía nuestra familia. Casi año con año mamá recibió un bebé hasta que cumplí los 11 años. Después de Dickie fueron llegando Lynda, Ted, Mike, Danny Janie Poo.
omo Dickie no podía encaramarse con nosotros a la casita que habíamos armado en un carbol, se quedaba sentado en el columpio colgado de una rama, pegaba la oreja a un radio portátil mientras cantaba y se mecía a sus anchas. Y en tanto siguiera cantando, mamá sabía dónde hallarlo.
ickie no nos quitaba el ojo de encima a la vez que nosotros lo cuidábamos. Si Janie Poo se caía, él le besaba la rodilla magullada para curársela. Si los otros chicos reñían entre si, Dickie rescataba al hermanito menor y se lo llevaba a casa bajo el brazo para luego dejarlo caer a los pies de mamá. Hasta de mamá cuidaba. Si la veía triste, le daba un golpecito en la barbilla y le preguntaba con su insegura voz:
-¿Me quieres?
Mamá sonreía, le revolvía los cabellos y contestaba:
-Seguro que si. Eres mi Dickie pajarito.
os otros niños podrían estar ocupados en construir fuertes o en prender fuego a una cerca; Dickie, por su parte andaría en busca de bolígrafos, ningún bolígrafo, en un radio de 400 metros, se encontraba a salvo de sus deditos regordetes. Y cuando descubría uno, le desenroscaba el capuchón, quitaba el resorte y ensartaba este al extremo de una vara para verlo culebrear cada vez más de prisa.
¡ había que ver cuánto quería a sus crayones! Empezaba por quitarle cuidadosamente el papel que los cubría y luego los cortaba en pedazos, que en seguida ponía en línea sobre su mesa y los hacía rodar de atrás adelante. Al fastidiarse de jugar así, metía los trozos de crayones en una caja de zapatos que llevaba bajo el brazo adondequiera que iba.
ntre las cosas de Dickie, su predilecta, después de los crayones, era un viejo sombrero de vaquero, sin el cual se negaba a ir a cualquier parte, e incluso dormía con él. Aunque se mostraba generoso en cuanto a sus otras pertenencias, comprendíamos que sus crayones y el sombrero eran intocables.
n el templo, al igual que en todas partes del pueblo de Versailles, Missouri, donde vivíamos, a Dickie le encantaba encontrarse con la gente y saludarla. Si llegábamos tarde y nos veíamos obligados a sentarnos en los bancos del frente, nueve de nosotros tratábamos de pasar inadvertidos. Dickie no. Él alzaba la mano hacia el predicador en el púlpito y saludaba alegremente: “Hola, amigo”. En más de una ocasión, avergonzada, me sentí tentada a deslizarme bajo el banco de la iglesia, pero nunca lo hice.
orque Dickie era especial, no podía asistir a la escuela con nosotros. Cada mañana se presentaba cumplidamente en el porche delantero de casa acompañado por Brownie, su perro, y nos veía partir. “Adiós, mamita”, o bien, “Adiós, mano”, nos decía a cada uno conforme salíamos. Dickie y Brownie volvían a su puesto al regresar nosotros a casa, como si se esperara que lo hicieran.
ontaba Dickie diez años cuando una maestra se ofreció a darle clases si se lo llevábamos después de las horas de clase. La señorita Eunice fue la priera persona ajena a la familia que estuvo dispuesta a ofrecer a Dickie la oportunidad de aprender. Hizo un pasatiempo de la tarea de enseñar a Dickie, y en breve este dibujaba automóviles y sencillas figuras y aprendía a escribir su nombre.
n 1964, Dickie comenzó asistir a una escuela estatal para niños impedidos, situada a cosa de 30 kilómetros de casa. Al cumplir los 21 años, se le consideró demasiado grande para seguir en la escuela. Durante varios años estuvo en casa, jugando con su perro, haciendo rodar sus crayones y rasgueando una vieja guitarra, al son de la cual canturreaba desentonadamente.
n día sucedió algo extraordinario. El ayuntamiento local abrió un taller para impedidos. A sus 28 años, Dickie tuvo un empleo por primera vez en su vida; consistía en ensamblar bolígrafos, acomodarlos en cajas y en recibir una remuneración por sus esfuerzos. Más que nada, le emocionaba encontrarse rodeado de personas como él, a las que se hacía cobrar conciencia de lo que podían hacer, en vez de lo que eran incapaces de hacer.
l día en que Dickie llegó a casa orgulloso con su primer sueldo, también trajo consigo una cosa más: la determinación de hacerse llamar Richard, su nombre de cinco kilos. A partir de entonces, si alguien lo olvidaba y le llamaba Dickie, levantaba el pecho, agitaba el índice hacía el ofensor y declaraba: “¡Nada de eso, bribón! ¡Richard!
na de las pocas cosas que entristecían a Richard era un tiempo lluvioso. Apenas se anunciaba una tormenta, exclamaba: “¡Mamá, comunícate con el noticiero!” Estaba convencido de que el meteorólogo era el responsable de que lloviera, y tenía la certeza de que bastaba con que mamá telefoneara el canal de televisión para cancelar la lluvia.
¿ inusválido? ¿Retrasado mental? Richard no conocía el significado de esas palabras. Era un hombre despreocupado que solía llevar en la caja del almuerzo un puñado de crayones rotos. A sus ojos, todos eran amigos.
ichard no aprendió jamás a leer un libro ni a escribir otra cosa que su nombre. Dios lo envió al mundo para que fuera maestro, no un aprendiz.
Y fue el mejor maestro que nuestra familia pudo haber tenido. Nos enseño lo que son la bondad, la aceptación, la lealtad y el amor. Trajo un rayo de sol a cuantos lo conocieron.
n extraño, de juzgar a Richard por su efusiva personalidad y su risa espontánea, difícilmente habría adivinado que había estado enfermo durante toda su vida, que nación con una deficiencia cardiaca común a todos los bebés afectados por el síndrome de Down. A Richard comenzó a fallarle el corazón por agosto de 1984, y los médicos opinaron que sólo viviría menos de un mes. Consternados, mamá y papá optaron por atenderlo en casa, sabedores de que internarlo en un hospital, en una cama extraña, acortaría más aún su vida.
l venir Richard al mundo, los médicos habían dicho que jamás llegaría a hablar ni caminar. Richard habría de darles el mentís una vez más. Con su increíble fortaleza de ánimo, nuestro hermano se aferró a la vida durante cinco meses.
i bien se hallaba confinado ahora a una silla de ruedas, aún iba a visitar a sus amigos del taller. Cuando ya no le fue posible salir de casa, muchísimas personas telefoneaban, le enviaban tarjetas y acudían a visitarlo.
ichard falleció el 12 de enero de 1985, a la edad de 36 años. Lo sepultamos con su sombrero de vaquero y la caja de crayones más grande que pudimos encontrar. Richard fue una mención que el Señor nos concedió. Su muerte dejó entre nosotros un vacó que nada puede llenar.
odos los días me tropiezo con algo que me recuerda a Richard: un sombrero de vaquero, un crayón roto, un columpio vacío. Se me encoge entonces el corazón, pero se que ahora es feliz y al fin está libre de sus impedimentos. Me alegro de haber tenido la oportunidad de conocerlo y amarlo.
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