n cierta ocasión en que los niños se enfermaron, hubo necesidad de pedirle prestado a un usurero, los abusivos intereses empeoraron la situación de la familia. Si pudiera ganar más… se decía Hilaria.
oy atiende un próspero puesto de frutas y verduras de su propiedad. Más aún: Lorenzo y ella se han hecho cargo de siete sobrinos, hijos de hermanos suyos que son más pobres. “Y ahora tenemos lo necesario para hacer algunas reparaciones en la casa”, comenta Hilaria.
ntes, una mala cosecha de cacahuate significaba meses de privaciones para la familia de Jero Gede Ardana, granjero de Songan, en la isla Indonesia de Bali. Pero Jero es un hombre orgulloso, y se negó a marcharse con otros aldeanos a Denpasar, capital de la isla, para emplearse como jornalero.
n la actualidad no sólo cultiva y vende cacahuate, sino cebolla, fríjol, mandioca y otros productos. Señalando con satisfacción un plantío de tomates, dice: “Ahora, después de una cosecha, tengo dinero para comprarles más arroz y más ropa a mis hijos, y ahorro para su futuro”.
n 1990, cuando Hemlata Sarage, su esposo, Dinesh, y su hijo de seis años, Sachin, se mudaron a la ciudad de Nagpur, en la India central, la pobreza los obligó a vivir en una casa de una sola habitación, en un barrio bajo. Dinesh consiguió un trabajo modesto en una fábrica de acero, pero su salario, equivalente a 22 dólares mensuales, apenas alcanzaba para vestir y alimentar a su esposa y a su hijo. Hemlata estaba impaciente por ayudar a su familia.
oy tiene una empresa que hace bolsas de malla de acero para una destilería local. Su ingreso, casi el doble del de su esposo, no sólo ha sacado adelante a su familia, sino que le ha permitido dar empleo a otras 40 mujeres del barrio.
¿A qué se debe el cambio de fortuna de estas personas? A una admirable asociación cristiana que está revolucionando el combate contra la pobreza en todo el mundo.” Quien quiera hacer algo perdurable por los pobres, que les enseñe a valerse por sí mismos”. Con estas palabras, David Bussau, empresario de origen neocelandés, explica las actividades que la organización de la cual es cofundador, la red Oportunidad, realiza a favor de decenas de miles de familias en Asia, África, América Latina y Europa del Este.
” Quien quiera hacer algo perdurable por los pobres, que les enseñe a valerse por sí mismos”.
adena mundial compuesta de 43 entidades asociadas, Oportunidad otorga préstamos, a menudo sin exigir garantía, a gente de 22 países que vive en condiciones de pobreza crónica y que tiene el sueño de establecer una pequeña empresa propia, como aptitudes para hacerlo. Financiada con donativos de grandes compañías, instituciones de caridad, dependencias gubernamentales, iglesias y particulares, Oportunidad ofrece créditos con las tasas de interés del mercado. Así echa por tierra algunos prejuicios que existen en torno a los pobres: que son perezosos, que son incapaces de ahorrar, que no se puede confiar en que saldarán sus deudas.
portunidad presupone que la gente de escasos recursos, ante la necesidad de sobrevivir, desarrolla la voluntad y el ingenio que se requieren para ser un empresario de éxito. Esa fe se ha visto recompensada: tan sólo en 1993, la organización creó o contribuyó a conservar más de 53.000 empleos en todo el mundo, y logró un inusitado índice de recuperación de préstamos de 94 por ciento.
u obra ha resultado más benéfica en Asia que en ninguna otra parte el mundo. De los 13.5 millones de dólares que Oportunidad prestó en 1993, 10 millones se destinaron a esperanzados empresarios de Indonesia, Filipinas, la India, Sri Lanka y Tailandia. Los préstamos fueron de sólo 130 dólares por prestatario, en promedio, pero contribuyeron a formar más de 100 empresas por día, y crearon o ayudaron a conservar más de 32.000 empleos.
A RED OPORTUNIDAD se fundó hace 15 años, cuando David Bussau, pionero de la microempresa en Asia, unió sus fuerzas a las de un hombre de negocios de Chicago que compartía su visión de los pobres. Era un camino para el cual Bussau parecía estar predestinado. Este hombre de hablar suave, de 54 años de edad, pasó su niñez en varios orfanatos de Nueva Zelanda. “Desde muy joven”, cuenta, “me hice el propósito de no permitir que nadie abusara de mí, y de ser independiente”. A los 16 años encontró trabajo como encargado de un puesto de Hot dogs. Al cabo de unos meses había empleado sus exiguos ahorros para alquilar otros tres puestos y conseguir quienes lo atendieran.
e allí pasó al pescado frito con papas; después se dedicó a la comida casera, al servicio de banquetes, a una fábrica de alimentos y, por último, a la industria de la construcción. Cuando cumplió 35 años, tras de 19 de acometer negocios inteligentes, y después de mudarse a Sydney, Australia, el menesteroso huérfano de otro tiempo era ya multimillonario, estaba felizmente casado y tenia dos hijas. No obstante, el entusiasmo de levantar sus empresas se estaba desvaneciendo. Decidió desempeñar un papel más activo en los proyectos de trabajo comunitario de la iglesia a la que asistía. Y su vida cambió de rumbo casi de inmediato. “Comprendí que debía usar mi talento para ayudar a los demás”.
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