[É]ste dijo a los alumnos que podían alcanzar sus sueños paso a paso. Cuando preguntó si al alguno le interesaba el programa Summerbridge, Archie fue el primero en levantar la mano.
l repartir las solicitudes, Flickinger indicó a los niños que respondieran solos las preguntas de la primera sección y que pidieran ayuda para las demás. Cuando Archie llegó a esa parte, no recurrió a su abuela, con quien vivía, porque ella había dejado la escuela en tercero de secundaria.
Así que decidió contestar las preguntas él solo. “Porque es bueno para su futuro”, escribió.
Flickinger se sorprendió al leer la solicitud de Archie. Le parecía imposible que un niño tuviera tal ingenio y arrojo, pero no había duda: toda la solicitud estaba llena con la misma letra infantil. “Nunca había visto tanta motivación”, comenta. En el verano de 1992, el chico empezó a asistir a Summerbridge.
Otro destino
Archie Nació en una familia que parecía destinada al sufrimiento. Su madre los abandonó a él y a su hermana poco después de que Arche nació. Su padre, que murió cuando él tenía 14 años, era un hombre de la calle que vendía drogas: todo lo contrario a un buen ejemplo. Sin embargo, le aconsejaba que llevara una vida lo más diferente que pudiera de la suya.
[LUna noche en que un primo de Arche fue a dar a la cárcel, su padre entró en su cuarto. “Nunca lo olvidaré. Me suplicó que jamás me metiera en problemas”, cuenta el chico.
Luego le confió algo que desde entonces ha guardado en el corazón: “Me dijo que yo era especial, que tenía madera para triunfar”.
Archie ha vivido casi siempre con su abuela paterna, Emma Harris, a la que él llama “mamá”. Su casa, en una urbanización de Overtown, está inmaculada. Aunque Emma es de pocas palabras, las que pronuncia son decisivas para el muchacho.
Por ejemplo, cuando a Archie lo pescó la policía. Él y un amigo, ambos de 14 años, iban a la tienda cuando los detuvieron como sospechosos de robo. Cuando los soltaron, la abuela de Archie fue a recogerlo. “Yo no había hecho nada, y se lo dije”, relata él. “Ella se quedó callada, pero luego me miró a los ojos y me dijo: “Estás saliendo igual a tu padre”. Eso me caló hondo”.
Archie habría podido rebelarse y cumplir la profecía, pero tomó las palabras como un recordatorio de lo que podía suceder si no se volvía un orgullo para su abuela.
Había tenido la impresión de que lo único que ella esperaba era verlo terminar la enseñanza media superior y conseguir un buen empleo. A fin de cuentas, nadie de la familia había llegado a ese grado, y menos a la universidad; pero en 1996 lo aceptaron en la escuela privada de enseñanza media superir Ransom Everglades, una de las más prestigiadas del sureste de Estados Unidos.
Las expectativas de Emma parecieron elevarse, y entonces empezó a decirle cosas como “Más te vale hacer la tarea” y “¿En qué universidad vas a inscribirte?”, en lugar de “¿Piensas estudiar alguna carrera?”
“En el barrio donde vivo tengo que poner cara de pocos amigos. Es una forma de protección. Aquí, la gente sonríe y saluda.
[ Un día de clases de septiembre de 1998, Archie –convertido ya en un preuniversitario larguirucho de 17 años, con rasgos angulosos y expresión madura- anda descalzo en la cocina de su abuela, a la luz de la luna, sirviéndose un plato de cereal para desayunar. Dentro de dos horas estará en la escuela, rodeado de algunos de los jóvenes más ricos de Florida.
Echa un último vistazo a su ensayo sobre la mente humana, y corre a tomar el autobús. Durante hora y media recorrerá un laberinto de rutas y transbordos por una de las zonas de mayor desigualdad económica de Estados Unidos, para llegar a la escuela Ramsom, donde la colegiatura anual cuesta 133.600 dólares.
El gran contraste entre su vida de pobreza en Overtown y un día en el opulento Ransom sería materia para una moderna Historia de dos ciudades. Archie disfruta de una beca completa y se las arregla con lo que gana en su trabajo por horas y con lo que su abuela puede darle de su cheque de pensión. “Es difícil”, reconoce el muchacho, “pero no quiero desertar y terminar en una esquina vendiendo droga”.
Quizá muchos otros muchachos ya habrían claudicado, pero para él Ransom es un peldaño de la escalera hacia una vida mejor. Nada le importa más que ir a la universidad.
Según las estadísticas, él estaría destinado a convertirse en un maleante. De acuerdo con el Departamento de Educación de Estados Unidos, dos de cada tres estudiantes de enseñanza media superior no llegan a la universidad si vienen de un hogar de un solo padre, si tienen un hermano mayor que abandonó la educación media superior, si repitieron un año escolar, si cambiaron de escuela más de dos veces o si sus calificaciones están por debajo del promedio.
Archie encaja en tres de estas categorías: no tiene padres, su hermana mayor desertó del segundo grado de enseñanza media superior y, antes del llegar a Summerbridge, su nivel de lectura y escritura era inferior al promedio.
Sin embargo, Archie posee algo que las estadísticas no revelan, y que hizo patente al llenar su solicitud era Summerbridge. Una de las preguntas del cuestionario decía: “¿En qué te distingues de los otros chicos que conoces?” Y él garabateó: “Creo en mi”.
La falta de ejemplos en la familia no ha sido obstáculo para él, pero admite que se encuentra en una situación conflictiva.

[“A veces me molesta que mis amigos del barrio crean que trato de evadirlos cuando les digo que no puedo ir a vagar con ellos de noche por el parque”, explica. “Dicen que tengo miedo. Yo les respondo que no es muy provechoso andar por ahí sin hacer nada”.
“Muchos de los estudiantes de Ransom son muy simpáticos”, agrega, “pero no tenemos gran cosa en común”.
De cualquier modo, Archie trata de formar parte de ambos mundos. Fernando Tamayo, de 18 años, que conduce en Mercedes Beige y vive en una casa con piscina y cancha de básquetbol, es uno de los pocos muchachos adinerados a los que Archie frecuenta los fines de semana. Él describe a Archie con estas palabras: “Es muy agradable. Muchos compañeros quisieran conocerlo mejor, pero vive lejísimos y se le dificulta hacer algunas cosas. El hecho de que yo tenga una posición privilegiada sólo porque me tocó nacer así me hace sentir mal, un poco culpable”.
Capacidad para sobrevivir
Cada mañana, cuando Archie llega a Ransom, vive cambios impresionantes. En lugar de ventanas con barrotes de acero hay una puerta monumental tallada en coral. En vez de concreto, hay prados bien cuidados. Pero el cambio más drástico ocurre en él.
“En el barrio donde vivo tengo que poner cara de pocos amigos. Es una forma de protección. Aquí, la gente sonríe y saluda. Lo que más me llama la atención es que todos los muchachos dejan sus mochilas en medio del patio. Saben que, cuando regresen, sus cosas estarán intactas. Tardé un poco en acostumbrarme a eso”.
David Clark, orientador de Ransom, comprende bien la situación de Archie porque también es negro y estudió becado allí. De hecho, es el único miembro del personal docente al que Archie ha invitado a casa.
“Una vez que fui allá, vi a varias personas fumando en un estacionamiento”, cuanta Clark. “Estaban jugando a los dados y apostando. Ése es el ambiente que rodea a Archie”.
Por eso el chico tienen que trasformarse cuando va de un lugar al otro. “De lo contrario, no sobreviviría”, añade Clark.
Cuando los largos viajes en autobús o el aislamiento por ser tan distinto desaniman a Archie, él combate la tentación de rendirse con una inquebrantable fe en el futuro.
Hoy, Archie McNealy goza de una beca en la Universidad A&M de Florida. Quiere especializarse en comercio y obtener una maestría en administración de empresas. Antes de ingresar a la universidad, trabajó en Summerbridge como voluntario, con otros chicos provenientes de barrios bajos.
|