unque muchos de los alumnos provienen de barrios pobres, Johnson no se tienta el corazón para exigirles que se superen. En la primavera de 1996, por ejemplo, instó a los de primer grado a someterse a un examen de conocimientos que normalmente se aplica a los de segundo o tercer grado. ¡Y sólo para que se divirtieran! Johnson es negro, al igual que muchos de sus estudiantes, y lo que quería era ofrecerles la clase de ayuda adicional que los alumnos pudientes suelen dar por sentada.
“El día que recibimos las calificaciones”, cuenta con orgullo, “los muchachos corrían de un lado a otro y se preguntaban ansiosos: “¿Cuántos puntos sacaste?” Uno de ellos me dijo: “¡No es posible, señor Johnson! ¡Sólo logré 1100!” –De un total de 1600-. Yo respondí: “No exageres. Tienes dos años para mejorar esa calificación”. Esta experiencia me reveló mucho sobre la escuela”.
Por el énfasis que pone en las pruebas estandarizadas, el Centro de Habilidades Científicas es una rareza en el actual movimiento de reforma educativa estadounidense, y su director, una especie de paria. Para muchos educadores progresistas, dichos, exámenes son una herramienta obsoleta y hasta discriminatoria para evaluar el aprendizaje.
Johnson representa un nuevo tipo de reformador ecléctico. Al igual que a los progresistas, le interesa la justicia social, pero como los tradicionalistas, cree en la necesidad de volver a un programa de estudios en el que se enseñen bien las materias fundamentales. Muchos educadores conciben la escuela como un agente de cambio social: Johnson, por el contrario, desea preparar a los alumnos para encarar la vida tal como es. “Los padres de los muchachos me hacen preguntas que les preocupan: “¿Sabe leer bien mi hijo? ¿Sabe sumar y restar? ¿Podrá ir a la universidad?”, señala.
“ lgunos de mis colegas evitan responder esas preguntas porque las consideran irrelevantes, pero no podemos decirles a los padres que nos parece inútil comparar el rendimiento de sus hijos con el de chicos de otras regiones del país, porque las universidades y las empresas toman decisiones basadas precisamente en esas comparaciones. Yo tengo que cuidar que mis alumnos sean competitivos porque las cosas son así”. Cambiar el mundo, cree Johnson, es tarea que corresponde a los adultos.
ohnson, quien creció en Brooklyn, se graduó de la universidad como pedagogo en ciencias y consiguió empleo en una empresa de ingeniería. Como era el único trabajador negro en la empresa y le dolía que hubiera tan pocas personas de color en su profesión, decidió dedicar la tarde de los sábados a dirigir un programa de ciencias y matemáticas para los jóvenes de su barrio. “Lo hacía como una labor voluntaria”, recuerda. “Mis clases eran un espectáculo, llenas siempre de proyectos y experimentos”.
u Centro de Habilidades Científicas empezó a atraer jóvenes de toda la ciudad, y al poco tiempo la Fundación nacional para la Ciencia le otorgó a Johnson una subvención de 2 millones de dólares para que diera clases todos los días. En 1991, Noami Barber, quien trabaja un Nuevas Ideas para las Escuelas Públicas –una organización promotora de la reforma educativa-, solicitó propuestas para crear escuelas especializadas de enseñanza media superior. “En las calles todos hablaban de Johnson”, recuerda, así que lo instó a participar. El profesor obtuvo una de las 16 subvenciones que se concedieron.
l programa académico del Johnson se basa en los exámenes del consejo educativo del estado de Nueva York, que son pruebas de conocimientos sobre materias fundamentales. Quienes aprueban ocho de esos exámenes reciben un diploma especial, lo cual equivale a graduarse con honores; sólo 20 por ciento de los estudiantes neoyorquinos que cada año terminan la enseñanza media superior obtienen esa distinción. En tanto que muchas escuelas públicas ofrecen un plan de estudios poco exigente, el Centro de habilidades Científicas obliga a sus 650 alumnos a tomar cursos encaminados a aprobar los exámenes del consejo educativo. Dichos cursos incluyen el tipo de clases avanzadas de historia, ciencias y matemáticas que por lo general sólo imparten las mejores escuelas privadas.
on todo, cuando el Departamento de Educación del estado de Nueva Cork anunció que aprobar los exámenes del consejo educativo pronto iba a ser un requisito para graduarse de la escuela de enseñanza media superior, muchos educadores progresistas criticaron la decisión por considerar que condenaría al fracaso a los estudiantes pobres y de grupos minoritarios.
ste grave desacuerdo respecto al objetivo mismo de la reforma educativa es el meollo de lo que Lisa Delpit, educadora negra, describe como la creciente brecha entre progresistas negros y blancos. Ella sostiene que muchos de los dogmas más defendidos de la reforma educativa de los últimos 20 años no son aplicables a todos los alumnos; por ejemplo, que el aula abierta es”el lugar más humano para aprender”, que a los educandos se les debe dar “el control sobre su aprendizaje” y que insistir en la enseñanza de habilidades básicas como la gramática y la ortografía “menoscaba la capacidad de escribir de los estudiantes”. Tanto Delpit como Johnson consideran que hay aspectos positivos en los métodos de enseñanza que fomentan la creatividad, pero temen que esos beneficios se logren a costa de los estudiantes de grupos minoritarios. Quienes no podrán aprender las destrezas que necesitan para triunfar.
“En el barrio donde vivo tengo que poner cara de pocos amigos. Es una forma de protección. Aquí, la gente sonríe y saluda.
elpit afirma que debido a su marginación social y económica, muchos estudiantes pobres o de grupos minoritarios necesitan adquirir habilidades que les permitan franquear lo que ella llama “barreras de selección”; los exámenes de conocimientos y las entrevistas de trabajo, que les impiden el ascenso a la clase media.
ohnson está de acuerdo. “Muchos estudiantes toman cursos “opcionales” y “experimentales”, pero con frecuencia se ven obligados a complementarlos fuera de la escuela. Los padres de nuestros estudiantes no tienen dinero para proporcionar a sus hijos esa preparación extra, por eso tenemos que asegurarnos de que la reciban aquí”.
juzgar por los índices de asistencias y deserción y por los resultados en los exámenes de conocimientos mínimos, el Centro de Habilidades Científicas es un éxito rotundo. La tasa de asistencia es de 93 por ciento, y no ha habido deserciones. Además, la escuela de Johnson registró muy pocos incidentes violentos el año pasado. Los padres parecen satisfechos con el centro, que en el otoño de 1996 recibió tres veces más solicitudes de inscripción que cualquiera de las otras escuelas establecidas bajo el programas de Nuevas Ideas para las Escuelas Públicas.
o que el visitante nota de inmediato es la aparente tranquilidad de los estudiantes. En muchas otras escuelas públicas de la ciudad el ruido es ensordecedor: los jóvenes se gritan al caminar por los pasillos, y los profesores, al tratar de hacerse oír entre el estrépito, a menudo acaban gritándose unos a otros y a los alumnos. En el Centro de Habilidades Científicas, en cambio, reina la calma.
ste ambiente fue lo que le gustó a Dianna Sexton, madre de tres hijos. La señora Sexton tenía a su hija menor, Tasha, en una academia privada y planeaba inscribirla en otra escuela particular para que cursara la enseñanza media. Pero a la chica la impresionó tanto el Centro de Habilidades Científicas, que su madre cambió de opinión.
“ l señor Johnson conoce por su nombre a todos los estudiantes”, señala la señora Sexton. “Si alguno falta dos días seguidos, él mismo va a la casa del muchacho a averiguar qué ocurre”. En una encuesta realizada en la primavera de 1996, los alumnos señalaron que la “seguridad interior” era lo que más le gustaba de la escuela. Johnson ha impuesto, además, un estricto reglamento de arreglo personal que prohíbe casi todos los accesorios, como gorras de béisbol, aretes vistosos, radiograbadoras portátiles… y tenis con los cordones desatados.
Para sus detractores, éstas son medidas represivas y reaccionarias. Johnson difiere de ellos sobre todo en lo tocante a la violencia en la escuela. En tanto que muchos educadores consideran injusto expulsar en definitiva a un alumno, Johnson –al igual que muchos negros cuyos hijos asisten a escuelas donde hay violencia –es mucho menos tolerante. “No estoy dispuesto a permitir que uno o dos estudiantes obstaculicen la educación de 30”, dice con firmeza.

ncluso les ofrece a sus estudiantes clases de lo que él llama en broma “Buenos modales 101”. “Los llevamos a buenos restaurantes”, explica, “y les decimos para qué sirve cada cubierto y cómo deben usarlo. Les enseñamos a sentirse cómodos en situaciones incómodas. No quiero que los muchachos algún día vayan a verme y me digan: “Señor Johnson, usted nunca nos dijo que teníamos que llegar puntuales al trabajo, que no debíamos insultar al jefe, o que teníamos que vestirnos de cierta manera”.
a mayoría de los estudiantes parecen estar agradecidos de no tener que ocultar ] son listos. Cuando Billydee Flynn ingresó en el Centro de Habilidades Científicas hace tres años, su capacidad para leer estaba muy por debajo del nivel correspondiente a su grado escolar. En un solo año su resultado en el examen de lectura que se aplica en todas las escuelas públicas de la ciudad mejoró notablemente, de 26 a 85 (es decir, sólo 15 por ciento de los estudiantes que hicieron la prueba obtuvieron una mejor calificación que él). “El primer año fue muy difícil”, cuenta. “El señor Johnson se ocupaba personalmente de mí. Aquí los profesores son más dedicados. En otras escuelas no nos exigen hacer muchas tareas en casa. El año pasado realmente me esforcé para aprobar los exámenes del consejo educativo, y las tares me sirvieron mucho. Obtuve buenas calificaciones, que recibí como si fueran premios. También tomé clases de física y, por cierto, algunos de los problemas ¡eran un insulto a mi inteligencia!”, concluye riendo.
ohnson no parece encajar del todo en el informal mundo de la reforma educativa. Viste rajes oscuros, camisas almidonadas y en ocasiones hasta tirantes. Es el primero en reconocer que en su escuela no impera la democracia, lo cual lo aparta aun más de muchos educadores progresistas que insisten en señalar que los jóvenes deben poder decidir qué aprender y cómo aprenderlo. “Estoy dispuesto a dejar a los alumnos elegir entre opciones surgidas de decisiones sensatas que hayan sido tomadas por los adultos del plantel”, dice Johnson, “pero no vamos a someter a votación si quieren tomar o no clases de matemáticas.
is amigos me preguntan: “¿Cómo van a aprender los estudiantes a ser democráticos si no tienen oportunidad de practicar la democracia?” Y yo les contestó: “¡Que lean los periódicos!” Johnson ríe y luego añade: “Me alegro de haber tenido profesores que me obligaron a cursar materias que me parecían irrelevantes. Los jóvenes necesitan saber que hay ciertas cosas en su vida que no van a cambiar. Les hace falta alguien que les diga: “Es importante que curses física”, una persona que los oriente”.
A fin de cuentas, dice Johnson, todas las decisiones que toma respecto a la educación de sus alumnos están basadas en una pregunta: “¿Querría yo esto para mis hijos?” Quizá todos los educadores reformistas deberían hacerse esa pregunta. |