*En una casucha de Ámsterdam, Monique van den Beemd reúne libros y hojas de trabajo antes de salir a una visita domiciliaria para enseñar a una madre a leerles cuentos a sus hijos. Monique no es maestra de profesión, pero los dos años que pasó instruyendo a Elvira, su hija, le dieron experiencia y confianza. “Si pude preparar a mi hija”, dice, “¿por qué no enseñar a otras madres a que lo hagan?”
*Melissa Briggs, que vive con sus cinco hijos en un barrio pobre Hot Springs, Arkansas, oyó hablar de un método educativo que le pareció idóneo para su sobrina de cuatro años, Nadia. “Después de comenzar con los ejercicios”, recuerda Melissa, “Nadia me dijo un día: “Soy muy lista”. ¡Y lo es! Estoy orgullosa de ella”.
El método que ha servido a estas mujeres y a otros miles de padres de familia para brindar a sus hijos una ventajosa iniciación en la vida escolar se llama Programa de Instrucción Doméstica para Preescolares (HIPPY, por sus siglas en inglés), la idea que sustenta el programa es simple pero eficaz: los padres, por poca instrucción formal que hayan recibido, pueden convertirse en magníficos maestros de sus hijos en habilidades y materias básicas, como la lectura, la aritmética y la resolución de problemas.
Hasta la fecha lo han utilizado unas 75.000 familias de siete países, y la evaluación de los resultados indica que estos niños se desenvuelven mejor que otros de antecedentes similares una vez que ingresan en la escuela. El programa también tiene la ventaja de estrechar los lazos entre padres e hijos, e infundirles a unos y a otros un sentimiento de satisfacción. “Salí bien en el examen porque mamá me enseñó”, dice Gulumser, dando un abrazo a su madre. Sengul añade: “Me da mucho gusto saber que puedo ayudar a mi hija. Ahora me siento capaz de todo”.
El HIPPY se desarrolló en Israel y se ha adoptado sucesivamente en otros seis países. En Holanda está disponible no sólo para los niños nacidos allí, sino para los hijos de inmigrantes. En Alemania lo emplean tanto extranjeros naturalizados como alemanes repatriados de Rumania, Polonia y la antigua Unión Soviética. En Nueva Zelanda se han formado grupos que aplican el método HIPPY principalmente entre los samoanos y los aborígenes maoríes, y en Sudáfrica el programa ha alcanzado difusión en las comunidades negras y mestizas.
En México, el HIPPY está patrocinado por el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, y en él participan 95 niños. Isabel Hernández Sánchez, de Temixco, Morelos, comenta: “Mi hija Dulce ya sabe contar y conoce los colores, pero lo mejor de todo es que, según su maestra de jardín de niños, es la alumna más capaz de la clase”.
Leticia Reyes Cervantes, de 28 años y madre de tres hijos, tuvo que dejar la escuela a corta edad para trabajar como sirvienta y ayudar a sostener a sus siete hermanos menores. En 1991 inscribió a su hija Maritza en el jardín de infantes, pero se desanimó cuando las maestras le informaron que era una niña retraída, que no podía o no quería responder preguntas sencillas. “Ahora, gracias al HIPPY”, afirma Leticia, “Maritza participa en las clases y se siente más segura. Le encanta la idea de entrar en la primaria”.
Como ocurre con la mayoría de los padres e hijos que aprovechan el programa, Senguil y Gullumser se han habituado a la agradable tarea de los ejercicios, que están impresos en hojas iluminadas.
En una de las sesiones, Gulumser copia un dibujo en forma de H de una cuadrícula a otra, y se lo describe a su madre como “dos rayas paradas con una raya acostada en medio”. Este ejercicio aumenta la capacidad de la pequeña para reconocer formas y desarrolla su coordinación manual-visual. Otras veces, Sengul lee un cuento y las dos lo representa, lo cual enriquece el vocabulario y mejora la comprensión oral de Gulumser. Hay también ejercicios destinados a cultivar la facultad de razonar, que consisten en recortar y armar rompecabezas o en juntar recipientes de cocina y clasificarlos.
Las madres reciben semanalmente un paquete que contiene instrucciones y materiales para cinco lecciones de 15 minutos de duración cada una. Si lo desean, pueden solicitar que un instructor les haga visitas domiciliarias cada 15 días para practicar los ejercicios con él antes de aplicarlos a sus hijos. En las semanas alternas se reúnen unas con otras para el mismo fin. Durante las reuniones que tienen con el instructor, expresan sus preocupaciones sobre el cuidado de los niños y reciben información en materia de psicología, salud y educación.
Aunque el buen desempeño escolar depende de numerosos factores, los expertos coinciden en que los niños de familias pobres se rezagan debido a que tienen un vocabulario limitado, poca experiencia en resolución de problemas y trato con los adultos, y escasa familiaridad con conceptos básicos, como las formas, los colores y los números. En consecuencia, la lectura, la aritmética y la comprensión oral les cuestan más trabajo. Como con frecuencia se sienten frustrados y se ponen inquietos, a los maestros se les hace muy fácil catalogarlos como niños “de lento aprendizaje” o “problemáticos”, y acaban por relegarlos.
El deseo de romper este círculo vicioso fue lo que impulsó a la educadora israelí Avima Lombard a desarrollar el HIPPY. La señora Lombard se especializa en pedagogía preescolar en el Instituto de Investigación para la Innovación de la Educación, del Consejo Nacional de Mujeres Judías de la Universidad Hebrea, en Jerusalén. A fines de los años sesenta le llamó la atención una falla de los jardines de niños israelíes: aunque admitían pequeños de todas las procedencias, los de las capas sociales menos favorecidas empezaban a rezagarse desde el primer grado. “Había en la misma clase alumnos que ni siquiera sabían su apellido, y otros que ya lo escribían”, recuerda. “No cabía esperar un mismo ritmo de aprendizaje”.
La señora Lombard, madre de tres hijos, está convencida de que es necesario inculcar buenos hábitos de aprendizaje en los niños mucho antes de que vayan a la escuela. Durante sus estudios doctorales en California, se dedicó a examinar a pequeños de cuatro años de edad para admitirlos en el sistema estadounidense Head Start (“Iniciación Escolar Ventajosa”). “Algunos llegaban preparados para aprender, y otros no”, explica. “La diferencia radica en la forma en que los padres hablan con sus hijos, se relacionan con ellos y participan en sus actividades”. En aquel tiempo, sin embargo, pocos educadores veían la necesidad de mejorar el ambiente familiar. Por el contrario, recomendaban separar a los niños de sus hogares lo antes posible para contrarrestar las influencias negativas. “Creían que no había manera de ayudar a los pequeños ni a sus familias, y que era más provechoso dedicarles atención en otro lugar”, agrega la señora Lombard. “Para colmo, los padres se consideraban incapaces de instruir a sus hijos. Por eso el HIPPY está pensado también para dar confianza a los padres”.
La educación ideó una serie de ejercicios para pequeños de entre cuatro y seis años, y los copió en mimeógrafo. Comenzaban por conceptos elementales, como “más grande” y “más pequeño”, hasta llegar a la distinción de formas complejas y a la construcción de sencillas oraciones. Lo único que se necesitaba era un lápiz.
El programa se probó con 161 niños de cuatro años en Hatikva, un barrio pobre de Tel Aviv. Su autora recuerda: “Algunos de mis colegas estaban escépticos y me advirtieron que los padres de familia no se iban a interesar”.
Para ganar afiliados, inició un procedimiento que sigue siendo típico del HIPPY: llamaba a la puerta, se presentaba y explicaba en qué consistía el programa. De los primeros 50 padres con los que se entrevistó, convenció a casi todos: 48. Desde la lección inicial comprendieron la utilidad del material y del método. “Me dieron ganas de proclamar a los incrédulos: “¡Miren lo que pueden hacer los padres si alguien les explica cómo!”, exclama la señora Lombard. A fin de conseguir apoyo, llevó a algunos de sus colegas a Tel Aviv para mostrarles la eficiencia de las madres de familia.
Uno de los testigos fue Chaim Adler, decano de la Escuela Superior de Educación de la Universidad Hebrea. “El HIPPY había provocado acaloradas discusiones entre los educadores israelíes”, cuenta. “Muchos se oponían a que los padres fueran los principales agentes del cambio, y no querían que el gobierno destinara subsidios a programas de este tipo”. El decano quedó sorprendido al ver la dedicación con que trabajaban las mujeres de Tel Aviv, y comprobó que el material era una excelente herramienta de enseñanza. “Aún así, había personas mezquinas que deseaban que los resultados de los exámenes hicieran naufragar al HIPPY”, recuerda.
Todos los niños se sometieron a pruebas antes y durante su participación en el programa, y su desempeño se comparó con el de otros pequeños del mismo medio social y con el de sus hermanos mayores. Los participantes del HIPPY superaron invariablemente a sus compañeros en lectura, escritura y aritmética. En opinión de sus maestros, eran más entusiastas y constantes.
Las críticas se acallaron, en 1975, el Ministerio de Educación decidió subvencionar el HIPPY e implantarlo de manera permanente en todo el país. Desde 1980, decenas de educadores de todo el mundo han acudido a Israel para observar la marcha del programa. Hoy por hoy lo han adoptado México, Alemania, Holanda, Sudáfrica, Nueva Zelanda y Estados Unidos.
Los afiliados de cada país traducen y adaptan los ejercicios, y envían personal a Israel para que reciba adiestramiento. La señora Lombard viaja alrededor del mundo para asesorar a los grupos que planean aplicar el programa. “El HIPPY es tan bien acogido porque los padres de todo el mundo están deseosos de ayudar a sus hijos”, declara.
Los gastos ocasionados por el programa (generalmente sufragados por organismos oficiales o benéficos) son módicos porque los padres de familia realizan la enseñanza, los instructores ganan menos que un maestro profesional y no hay necesidad de materiales costosos. Naturalmente, el esfuerzo de los padres es el acervo más importante de HIPPY.
Los instructores también desempeñan un papel fundamental en el éxito de HIPPY. Surgidos casi siempre del grupo de padres de familia, asisten a reuniones de adiestramiento teórico y realizan prácticas regulares para desarrollar su potencial y ampliar sus conocimientos. Como proceden de la misma comunidad en que trabajan, no tienen diferencias culturales con sus educandos, incluso les sirven como modelos.
“A las madres de familia les digo que yo me licencié en “ciencias domésticas”, comenta Monique van den Beemd. “Así se convencen de que ellas son tan competentes como yo”. A Monique le costaba trabajo al principio presidir las reuniones de los grupos. “Me sentía cohibida”, reconoce, “pero con el tiempo le tomé el gusto a mi papel”.
Sobra añadir que no sólo los niños se han beneficiado. Monique ha visto salir adelante a su familia desde que comenzó a aplicar el programa a Elvira. De la diminuta y húmeda vivienda que ocupaban se mudaron a una casa de cuatro recámaras, en un mejor barrio. En otro tiempo, Monique se sentía abrumada de pensar en los trámites burocráticos necesarios para conseguir esa mejoría, pero desde que participa en el HIPPY ya no le asusta tratar con funcionarios. Ella y su esposo, Willem, obrero de la construcción, ha remodelado su nueva casa.
En cuanto a Elvira, su sueño dorado es convertirse en piloto de aviones. “¿Por qué no?”, concede su madre, sonriendo. “Los niños que participan en el HIPPY pueden llegar muy lejos. Incluso al cielo”. |