Atrévase a cambiar de vida
La vida está plena de segundas oportunidades; sólo hace falta agudeza para reconocerlas y valor para aprovecharlas.
Por Barbara Bartocci
achel Morado había abrigado siempre la ilusión de completar sus estudios. A los 14 años de edad se vio en la necesidad de abandonar la escuela para cuidar de sus hermanos y hermanas, menores que ella. El matrimonio a los 16 años y el nacimiento de seis niños hicieron más difícil aún la realización de su sueño. En 1983, ya de 52 años, ingresó como estudiante en la misma escuela primaria de Kansas City, Missouri, donde cuatro de sus hijos habían estudiado. Dos años después se graduó y ahora está tomando cursos para presentar un examen de equivalencia de la escuela secundaria. “Al volver a la escuela he cobrado confianza”, comenta Rachel. “Ahora sé que puedo lograr lo que me proponga”.
los 30 años de edad, Steve Richardon obtenía ingresos elevados como asesor de la firma de contadores más grande del mundo. Pero su jornada de trabajo era muy larga y escaso tiempo le quedaba para estar con su familia. Poco a poco, Steve comenzó a añorar la vida, más sencilla, de la zona rural de Nueva Inglaterra donde se había criado. Un día en que estaba detenido en Nueva Jersey a la hora en que el tránsito era más intenso, decidió renunciar a su empleo y “volver al modo de vida provinciano”. Hoy propietario de una empresa que produce rompecabezas por pedido en Norwich, Vermont, Steve gana un fracción de lo que obtendría desempeñándose en algún alto puesto corporativo, pero es algo que acepta. “Hay cosas más importantes que el dinero”, afirma.
lega en nuestra vida un momento en que casi todos anhelamos una segunda oportunidad para realizar algo con lo que siempre soñamos, pero que nunca intentamos por falta de tiempo. Sin embargo, los más nos resistimos a dar el salto, inspirado en la fe, que separa al soñar del hacer.
iempre habrá sujetos negativos, prontos a advertirnos que estamos destinados a fracasar en esto o aquello. Pero lo importante no es preguntarnos si fracasaremos, sino qué podemos esperar razonablemente, de nuestro intento.
“Es fácil evitar el fracaso”, asegura el ministro Eugene Brice. “Jamás he perdido un encuentro en un torneo de tenis; nunca he salido derrotado de una campaña por un puesto público; jamás se me ha ido la voz al cantar como solista. Y esto se debe a que nunca intenté esas cosas. Las personas que intentan algo son las únicos que corren el riesgo de fracasar”.
¿ ómo podremos adiestrarnos para reconocer las segundas oportunidades que nos ofrezca la vida, y para aprovecharlas? Aquí damos seis consejos, provenientes de peritos y de personas que aprovecharon una segunda oportunidad:
1. Tomemos en serio nuestras ilusiones. Charle Barsotti pasó su infancia en Texas dibujando tiras cómicas y acariciando la esperanza de llegar a ser un profesional. “Pero ya siendo mayor”, cuenta, “eso no me pareció un verdadero trabajo”. Por ello, aceptó un empleo en un centro para niños mentalmente retrasados, y el dibujo de tiras cómicas se convirtió para él en mera afición.
in embargo, el presidente del centro tomó más en serio los dibujos de Charlie y le prestó dinero para que viajara en avión a Nueva York, donde podría mostrar sus caricaturas a los editores de revistas. Luego de que la revista Pageant adquirió algunas ideas de Charlie este volvió a casa con el propósito de desarrollar su técnica. Al presente, sus dibujos aparecen en publicaciones como The New Yorker y USA Today.
arol Wall, jefe de oficina en una empresa consultora en finanzas, no recurrió a la ortodoncia cuando era adolescente y acabó por creer que tener los dientes torcidos y apiñados no era cosa para preocuparse. Pero en el fondo si lo estaba. Luego de cumplir los 43 años, resolvió hacerse arreglar los dientes. Aparte de haber mejorado su apariencia, Carol obtuvo un beneficio adicional: “Mostar una nueva sonrisa a mi edad me hizo ver que el dominio de mi vida estaba en mis manos y que tengo la facultad de cambiar lo que no me guste de ella”.
2. amás digamos que es demasiado tarde. Al Comley aguardó durante 30 años a que se le presentara una segunda oportunidad. En 1935, a la edad de 19 años, se inscribió en una escuela de comercio, donde su curso preferido fue el de ventas. Pero aquellos eran los años de la depresión económica norteamericana, y cuando terminó sus estudios debió aceptar el primer empleo que pudo conseguir: llevar en orden los pedidos que recibía una fábrica de productos alimenticios. Varias veces, en el curso de los años, pensó en dedicarse a las ventas, pero no llegó a hacerlo, por fin, a la edad de 53 años, se decidió a realizar su sueño: optó por jubilarse con anticipación y se dedicó a la venta de seguros. “Debí haberme iniciado antes en las ventas”, comenta. “Pero al menos no esperé eternamente para hacerlo”. En la actualidad, ya de 70 años, Al trabaja para la empresa Fuller Brush y sirve a una zona compuesta de 300 clientes.
3. scalemos nuestra montaña en etapas. Igual que muchos jóvenes que compiten en natación, John Naber soñaba con participar en los juegos olímpicos. Y en 1972, mientras veía la Olimpiada por la televisión, el joven nadador, alumno en una escuela secundaria, se preguntó cuánto tendría que mejorar para que consideraran que tenía calidad olímpica. Según sus cálculos, en cuatro años tendría que reducir su tiempo en cuatro segundos. En un principio, esto se le antojó imposible… hasta que calculó que si se entrenaba durante diez meses al año, sólo necesitaría reducir una décima de segundo cada mes para eliminar los cuatro segundo y ganarse un sitio en los Juegos Olímpicos de 1976. Y eso fue justamente lo que hizo John Naber.
4. ceptemos los sacrificios. Don Campbell, a raíz de la muerte de su padre, asumió la dirección de la empresa funeraria de la familia en Beaver Falls, Pensilvania, lo cual puso fin a sus ilusiones de hacer carrera en la industria editorial. Diez años después, dejó el negocio en manos de su hermano, se mudó con su familia a la región del Oeste Medio norteamericano y se inscribió en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Missouri. “Tuve que obtener dinero prestado para completar mis estudios”, cuenta. Hoy día, tras haber dedicado 30 años al periodismo y a la publicidad, Don edita diversos boletines de negocios. “No he ganado el dinero que habría ganado en la funeraria”, reconoce. “Pero realicé mi sueño, lo que ha hecho de mí un hombre feliz”.
Alguien me dijo, hace ya mucho tiempo, que trabajando con ahínco es posible lograr lo que se desea. Pero no se puede obtener todo de una vez. Lo importante es aceptar que en cualquiera segunda opotunidad, habrá que privarse de algo, y a menudo hacer sacrificios.
5. stemos dispuestos a cambiar. Hace 23 años, Hill Moores era un alcohólico desempleado de 28 años de edad que, luego de terminar la segunda enseñanza, había tenido y perdido 50 empleos. Después estuvo en una unidad para la rehabilitación de alcohólicos, en Cleveland, Ohio, y sobre eso cuenta: “A todo el mundo allí le hacía la vida difícil, especialmente a un anciano. Por fin, uno de los pacientes me dijo que dejara tranquilo al viejo, y agregó que yo era la única persona conocida suya que se conducía en forma tan detestable, que nadie me soportaba”.
quellas palabras impresionaron a Bill, que explica: “De pronto me di cuenta de que dependía de mí mismo y que tenía el poder de cambiar. En ese momento decidí dejar el alcohol y hacer algo útil de mi persona”. Bill ingresó en un programa de lucha contra el alcoholismo. Poco después consiguió una plaza de agente de ventas y demostró ser capaz de conservarse sobrio y de trabajar con diligencia. En 1983, era presidente y propietario de una empresa de inversiones en bienes raíces con un valor de tres millones de dólares. Tenía también esposa e hijos, lo que por un tiempo había creído inalcanzable. Todo ello, gracias a que había decidido cambiar y que era posible tener un segunda oportunidad, Bill declara: “No cambiaría yo una sola de las cosas que me han pasado en la vida, ni un ápice de las aflicciones, pues todo eso me ha ayudado a comprender que lo que uno puede hacer no tiene limites si se está dispuesto a cambiar”.
odos conocemos a quejosos crónicos que deploran sus empleos, matrimonios o la vida en general. Pero nunca he sabido que hagan nada constructivo para cambiar lo que los hace infelices. Conseguir una segunda oportunidad significa estar convencidos de que el cambio está a nuestro alcance, y de que podemos beneficiarnos de él.
6. o aceptemos negativas, ni siquiera nuestras. Una mujer me contó lo que la atormentaba su secreta vergüenza: era analfabeta. Tras el nacimiento de su hija, el tormento fue mayor. ¡Era ya madre, y no podía leer nada a su hijita! Por ese entonces vio en la televisión un anuncio de un programa local de alfabetización. “Al principio me sentí demasiado asustada para telefonear”, confiesa. Pero venció al fin su temor de hacer pública su ignorancia, y a pesar de que los dedos le temblaban al marcar el número telefónico, resolvió no ceder a la negativa… ni siquiera a la suya propia.
“¡ ué diferente es todo ahora”!, exclama un año después de haber comenzado sus lecciones. “Ya puedo leerle cuentos a mi hija, y cuando llega el correo no me asusto”.
Viene a mi recuerdo un cartel que vi hace años y que decía: “No es posible salvar un abismo a pasos cortos”. Llega el momento en que tenemos que saltar. Y ocurre algo extraordinario una vez que hemos tomado nuestra resolución: comenzamos a descubrir soluciones, a encontrar medios y recursos que habíamos dejado pasar inadvertidos.
a vida tiene abundantes segundas oportunidades para todos nosotros, oportunidades de hallar satisfacción en lo que hacemos, de tomar el fracaso en un éxito al emprender una nueva actividad o asumir un actitud diferente. No tenemos por qué fijarnos límites. Todo lo que nos hace falta para aprovechar una segunda oportunidad es agudeza para reconocerla y valor para poner manos a la obra.
|